Cuando
el espejo se pone en tu contra. Cuando tu reflejo te sonríe como si
todo fuera una diabólica broma. Incluso él sabe que a veces llegas
sin fuerzas. Que no quieres mirarte. Pero a veces son tus fantasmas
los que hacen que levantes la cabeza y te mires, y te asustes, y
reniegues de ti incluso. Pequeño traidor el espejo, tú sí que
sabes cómo hacer daño. Y te vas más roto de lo que habías antes
visto. Por mucho que intentes lo contrario, a veces te miras y solo
ves errores, fallos, imperfecciones. Hay que combatir esos pequeños
monstruos que hacen que te odies, pero algunos lo tienen más fácil
que otros, supongo. Ven aquí, mírate, ¿en qué te has convertido?¿quién
coño eres ahora? Ni tú lo sabes. Una bestia de sombras. Si crees
que con no presentarte cara a cara con tu infame reflejo estás a
salvo, significa que dejaste la valentía enterrada en algún armario
hace siglos. Asúmelo. Hace tiempo que dejaste de ser un alma dulce.
Hace tiempo que solo eres un pequeño trozo de alma triste. Que
dejaste de soñar con las grandes ciudades y con todas esas cosas que
sabías que no podrías lograr. Hace tiempo que estás encerrado en
tu castillo, lo más parecido al hogar quizás. Nada más, nadie más.
Que duro se hace cada día el no mirar atrás. Te sientes como Orfeo,
pero el premio es salvarte a ti mismo y el precio sigue siendo tu
propia perdición. Aún tienes una pizca de ser que te dice que puede
que te salven, que quizá alguien lo logre, pero el resto de tu
masacrado corazón te dice que solo tienes que esperar. Que las
antorchas se acercan y ellas calmarán finalmente tu tristeza y tu
soledad. Que el fuego hará que te liberes,
que todo esto se acabe de una vez. Ya no tendrás que mirar todo
aquello que eres y odias al mismo tiempo, delante del espejo. Tu
última esperanza es que el mismo odio acabe de rasgar cada pequeño
pedazo de alma, mientras tu corazón se deshace entre llamas.
Libertad, exclamas.
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